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“Ese muro no es sino una cuchilla,

una herida que nos mantiene mutilados. Una idea grotesca

de una humanidad que desconoce lo que es ser humano.”

— Extracto del Manifiesto Knaupf —

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo.

31 de Octubre.

——No digas gilipolleces.

——Pero podría pasar. Igual lo han cancelado.

——No va a pasar. La última lluvia habrá podrido algún cable y estarán arreglándolo.

——Pero algún día tendrá que terminar, Klio.

——Vale, pero no hoy. Y a mí no me hace gracia.

——Déjalo, Jen, ya sabes cómo se pone en los sorteos...

——Iros a la mierda. Las dos juntitas.

 

La pantalla tardó unos minutos más de las diez en punto de la mañana en encenderse y mostrar el logotipo azul y blanco de la cadena Internacional.  Durante esos minutos la reacción instintiva de los espectadores fue pensar que no habría emisión ese día. Que Utopia no necesitaba inmigrantes ese trimestre, y por tanto el sorteo no se celebraría. Las teorías corrían en susurros entre los grupos: “El consejo ha vuelto a cerrar el Ministerio de Inmigración. Otra vez lo mismo, otra vez las puertas cerradas durante cuarenta años” por parte de los pesimistas, el “Quizá van a cambiar el sistema” de los optimistas y, para los realistas, un fallo técnico en alguna de las únicas pantallas que llevaban imágenes del interior más allá de la Franja. Los soldados del Muro montaban guardia, tan indiferentes a la confusión como la propia puerta y sus toneladas de alambre, cemento y tecnología. Algunos recién llegados hicieron el amago de acercarse a preguntar, y los espectadores veteranos observaron con una media sonrisa cómo la guarnición les apuntaba con toda su brillante artillería utopiana, dándoles un susto de muerte. Campesinos. Inmigrantes. Un error clásico de primer sorteo, pensar que el Muro estaba ahí como adorno. El grupo volvió temblando de miedo a la seguridad de la explanada.

 El barullo de voces decreció un poco cuando por fin aparecieron las interferencias. Temblaban grises y negras a lo largo de la pantalla y si se observaban con intensidad traían lágrimas e irritaban los ojos. La curiosidad animó un poco el ambiente, que después de horas de espera empezaba a decaer. Los más madrugadores llevaban allí desde antes del amanecer. Normalmente la pantalla se encendía de forma instantánea, sin un solo fallo, como todo lo que había dentro del Muro. Tecnología utopiana de primera calidad. Se oyó un suspiro colectivo de alivio y decepción a partes iguales, antes de que cada cual volviera al silencio de la espera.

En el anterior sorteo, el de Julio, los espectadores habían ascendido a cerca de seis mil. Klio miró a la pantalla y recordó el calor y la gente en ropa interior, un mar de piel cubierta del color azul del protector solar. De regreso a Suburbia habían tenido que esperar tres horas para poder atravesar la puerta de la alambrada exterior. Ahora ya era Octubre y bajo la manta térmica la tierra era dura y fría, y cuando el viento la levantaba la arena parecía polvo de platino. Se bajó un poco más la capucha y se subió la bufanda, y observó a Jen levantarse de un salto, sonriente y saltarina, pequeña y morena. Tomándoselo todo como una maldita broma. Como siempre.

Klio todavía sentía un resquemor en los pulmones al recordar cómo Jen había intentado por todos los medios disuadirlas de venir a la explanada a ver el sorteo como cada trimestre sólo porque aquel novio suyo tenía un ensayo y no sabía si volverían a tiempo. Y lo que era aún peor y había asestado el golpe de gracia a su enfado la noche anterior, Sylwia no pensó que fuera una mala idea.

¡Perderse el sorteo! Como si fuera un capítulo de “Toque de queda” o algo así, en lugar del momento que te cambiaba la vida. Perderse el puto sorteo. Cuando saliera su número Klio no quería enterarse en un bar, o leyendo las noticias del día siguiente. Los periódicos se equivocaban y las equivocaciones en los números significaban que gente que debería entrar no entraba y quienes creían haberlo conseguido sufrían una decepción al llegar al control. En la ciudad, en ese momento, los bares estarían llenos esperando la interrupción de la señal, que llegaba con cierto retraso pero cancelaba todos los canales locales. Aún así no se podía comparar con verlo a las puertas. Frunció el ceño sin dejar de observarla, concentrada en su indignación, incluso cuando Jen se bajó el cuello del jersey para mostrar una sonrisa radiante.

—¿Qué te traigo? —preguntó bailando en el sitio y sacudiéndose la tierra cristalizada de los pantalones vaqueros. Klio se encogió de hombros. Se moría por echarle un vistazo a El Informador pero no quería pedirle nada y tampoco pretendía levantarse. El sorteo empezaría en sólo un par de horas y llevaban allí desde el amanecer, guardando su sitio.

En su lugar buscó en los bolsillos del abrigo. Encontró un agujero y su paquete de cigarrillos. Casi pudo oir cómo Sylwia ponía los ojos en blanco antes de apartarse ostentosamente unos centímetros y hacer como que tosía.

—Jódete —murmuró Klio en voz baja, expulsando el humo hacia el suelo. La manta térmica empezaba a ralear en aquella esquina y ya no daba tanto calor.

—Tráele El Informador y un poco de aceite para las bisagras. —El enfado de Klio empezó a convertirse en una presión molesta en la mandíbula. La segunda calada le llenó los pulmones de humo —. Y yo quiero una orangina.

Escuchó el repiqueteo de monedas y a Jen corriendo en dirección al remolque del otro lado de la alambrada. Sylwia se giró para encararla. No dijo nada, sólo la miró mientras Klio terminaba el cigarrillo, lo enterraba y se frotaba el dedo dolorido y algo amoratado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Klio todavía sin mirarla, unos minutos después. En su lugar alzó la vista a la pantalla. Sabía perfectamente que quedaban varias horas con el mismo logotipo y el mismo tono de azul, pero prefería no mirar a Sylwia.

—Nada, tranquila. Ya sabemos que tú tienes el síndrome pre-menstrual cada tres meses y por culpa de una pantalla, a diferencia del resto de la humanidad.

Klio sonrió sin estar contenta en absoluto. Un largo mechón de cabello castaño oscuro que había escapado del tinte rojo se balanceó ante sus ojos y sobre su nariz, e hizo que lo apartara de un manotazo.

—Nadie te ha obligado a venir. Y a ella tampoco —añadió señalando a la alambrada con un gesto y usando la mano libre para volver a sacar la cajetilla—. Haberos quedado en el ensayo del grupo de Brian dando palmas. Están tan contentos con su mierda de vida que ni siquiera se preocupan por entrar. Tendría que salir su número.

Se arrepintió al instante de haberlo dicho; no creía que pudiera soportar que saliera el número de alguno de ellos y no el suyo.

—Claro, Klio. Porque si no están aquí cuando salga su número jamás podrían recorrer los siete kilómetros y medio que hay desde Suburbia en las dos semanas de plazo.

—¿Y entonces a qué coño vienes tú? ¿Es que estamos en un picnic? —Se giró y abrió los brazos como para señalar a todos los demás, a todos los que esperaban a las puertas como si en el momento que saliera su número se fueran a abrir, como si no hiciera falta todo un proceso incluso después de haberlo conseguido. Y sin embargo ahí estaban todos, pendientes de la pantalla y rezando o cruzando los dedos.

Sylwia entornó los ojos y arrugó la nariz llena de pecas.

—Porque quiero que la gente me vea saltar el día que gane. Si no, no tiene gracia.

Klio asintió sin ganas, acostumbrada a la creencia absoluta de Sylwia de que algún día saldría su número. Para ella todos los sorteos eran su último sorteo. Todas las noches que volvían a Suburbia siendo todavía aspirantes a inmigrantes afirmaba a gritos con una botella de colavodka en la mano que el siguiente sería el definitivo. La diferencia era que, para Sylwia, creer sinceramente que iba a suceder lo que quería formaba parte de su religión. Los particulistas eran la gente más odiosamente optimista de las Nethers, con toda esa mierda de controlar los electrones o lo que fuera que se suponía que podían hacer si se convencían de ello. A veces sentía algo parecido a la envidia. Klio ni siquiera podía encenderle velas a alguna estatua de un tío gordo. Tenía que limitarse a esperar que un ordenador a un muro y miles de kilómetros de distancia se detuviese en su número.

Levantó las rodillas y escondió la cara entre ellas, enfadada consigo misma por las ganas de gimotear, frotando la nariz contra la pana plástica de los pantalones y percibiendo su olor a detergente barato. Sylwia le posó la mano en el cogote y dio un par de palmadas compasivas.

—Ya sabes que yo me casaría contigo cuando me tocase, pero a los de dentro no les gustan esas cosas —murmuró Sylwia a modo de disculpa, en un susurro conciliador. Klio se dignó a sonreír.

—Bollera de mierda.

—Bollera soltera en cuanto me toque la entrada. —Sylwia se incorporó y soltó un suspiro de resignación fingida. Se llevó la mano a la barbilla y miró a su alrededor—.¿Qué piensas de toda esta gente?

Klio se obligó a levantar la cabeza. A lo largo del espacio de seis kilómetros entre la alambrada exterior, cuya puerta estaba siempre abierta, y el muro en sí, siempre cerrado, la mayoría de los espectadores se limitaba a esperar de pie a solas o en grupos de dos o tres como mucho. Pocos suburbanos seguían acudiendo a la puerta cada tres meses. Donde quiera que mirase encontraba las armaduras de pseudocuero características de los glaciares de Méjico, en lugar de la ropa remendada y reforzada pero considerablemente más ligera de los suburbanos. Una nueva ola de inmigrantes, pero ¿cuándo habían pasado por la ciudad? Con cada llegada el orfanato se encontraba con cinco o seis nuevos inquilinos que habían seguido a la caravana prácticamente a escondidas. En los últimos días no habían registrado ninguna entrada. Aunque Klío nunca prestaba demasiada atención al trabajo los días anteriores al sorteo.

Era desolador que alguien considerase Suburbia su mejor opción. Le hacía preguntarse si el mundo más allá de la ciudad color tierra era realmente como contaban las historias; la noche eterna bajo la Nube, el frío tóxico y las llanuras con sus ciudades fantasma, conservadas para siempre en el estado en el que las dejó la última bomba, la última batalla. Un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura le recorrió la espina dorsal. Se concentró en su segundo cigarrillo y en la idea de que quizá ese fuera el día que el ordenador del Ministerio de Inmigración abría las puertas de casa para ella. “Es hoy”, se repitió mentalmente. “Es hoy y mañana ya estaré haciendo las pruebas médicas y no volveré a sentarme aquí nunca más”. Cuando Sylwia se había unido a los particulistas cinco años antes, Klio hizo un débil intento por compartir aquella teoría de “puedo controlar el universo a mi alrededor”. Incluso se apuntó a sesiones de meditación. Tal vez para alguien como ella, nacida en el ateísmo oficial y luego criada por una católica unificada, era imposible controlar las malditas partículas budistas del chi. O le tenían manía. O su aura no era del color adecuado. La clave estaba en el pensamiento positivo, decía Sylwia. Klio encontraba difícil pensar positivamente, así en general, independientemente del color de sus chakras. Meditó la pregunta de Sylwia; ¿Qué pensaba de esa gente? Era difícil de decir.

—Que son lo bastante simples como para demostrarlo si les toca —respondió por fin. Sylwia asintió preocupada.

—¿Crees que alguno habrá leído las circulares?

—No creo que tuvieran tiempo. Posiblemente se registraron ayer... ¿tú has visto a algún crío nuevo en casa? —Sylwia lo sabía absolutamente todo sobre cualquiera de los internos.

—Un par, pero no son del desierto. Parece que todos estos vienen con familia. Los de casa se llaman Suze y Aldoux. Niña famélica rubia en el pasillo de Adriana y niño con marcas de viruela y el pelo mal cortado en la habitación de Rob. Por si te los encuentras en el baño, al menos que sepas que no son ratones.

Klio se encogió de hombros sin demasiado interés.

—Hace siglos que no tenemos ninguno y de todos modos la hermana nunca se decide a devolverlos a la calle. Mira Andy, tres meses de ratón escondido en la buhardilla y luego seis años oficializado. —Suspiró cambiando de postura y volvió a mirar al resto de espectadores—. Pero en el sorteo anterior no pasó nada, ¿no te acuerdas? La occidental aquella montó un auténtico espectáculo pero no dijeron nada en los periódicos. Hace años que los Cruzados no secuestran a nadie. Al menos no en Suburbia.

—Podría ser —concedió Sylwia—. De todos modos, cuando yo gane más les vale no acercarse. Nada se va a interponer entre esa puerta y servidora, créeme.

Antes de que Klio pudiera responder Jen se dejó caer de rodillas entre ambas, ahogando una exclamación de dolor que el acolchado de la manta térmica no pudo amortiguar. Esparció su botín sobre la tela azul oscura: chicles, cigarrillos, el pliego de papel grisáceo característico de El Informador y una botella que rodó mostrando el líquido ambarino lleno de burbujas. Sylwia la atrapó antes de que fuera demasiado lejos y Jen se adelantó a Klio para desplegar el periódico y comenzar a hojearlo.

—Deberías haber cogido la Gaceta Suburbana. Esto es todo geografía estúpida —apuntó Sylwia.

—Klio quiere El Informador, ya sabes que dice que le recuerda a casa —respondió Jen—. Vaya, mirad... dicen que el mes pasado algunos satélites captaron “lo que podría ser movimiento orgánico en el subsuelo de Anglia”... ¿Creéis que habrá gente? Después de atomizar Londres la Nube allí tuvo que ser casi tan gorda como la de Seol.

Sylwia dio un trago a su orangina y consideró la pregunta.

—¿Esos eran los que mataban vacas en estadios como si fuera un partido de balonmano? —preguntó algo confusa—. Y creo que era Siol.

—Era Seúl. —El gruñido de Klio fue audible incluso bajo las capas de ropa—. Y las noticias internacionales son un montón de invenciones.

—Utopia tiene satélites. —Klio se giró mordiéndose las uñas, el cigarrillo todavía en la mano.

—Utopia tiene satélites para Utopia y los usa para joder al Imperio.

—De algún modo se habrán enterado.

—¿Cómo se van a enterar? ¿Van a cruzar en balsa el Estrecho Atlántico? ¡En serio que...!

Sin haberse dado cuenta había empezado a incorporarse. Sylwia posó una mano sorprendentemente fuerte en sus hombros y la devolvió a la manta sin demasiada dificultad. Jen se limitó a seguir leyendo.

Había sido siempre igual, primero desde que la hermana Gertrude la empujó dentro de una habitación llena de literas diciendo que tenía que pedirle a aquella niña larguirucha de pelo casi blanco un juego de sábanas. Sylwia era unos meses mayor que ella, pero cuando Klio había llegado al orfanato ya llevaba allí años. Jen había sido su compañera en casi todos los trabajos del instituto, a medida que Klio se había ido enemistando con la mitad de la clase. La rutina era familiar: Klio se enfadaba, Sylwia le paraba los pies y Jen seguía a lo suyo, día tras día. Tanto Jen como Sylwia eran suburbanas de nacimiento, no llegadas de los bajíos o el desierto; sus familias llevaban allí desde que Suburbia era sólo un campamento a los pies del Muro. La suerte les había esquivado generación tras generación. Mientras el campamento se convertía en un pueblo, en ciudad, y finalmente en una metrópolis de calles polvorientas, sus familias seguían allí. Podían considerarse una especie de aristocracia creada a partir de la decepción y la mala suerte.

Para Klio sin embargo eran increíblemente afortunadas. Podían bromear sobre Utopia, sobre lo que había dentro y lo que no, todo a partir de rumores, historias y leyendas urbanas que llevaban corriendo por Suburbia tanto tiempo que, seguramente, los soldados que se las habían contado a algún primo de algún conocido de algún vecino llevaban años criando gusanos. Sólo habían conocido las calles de Suburbia y su cielo siempre demasiado oscuro o demasiado luminoso, y la lluvia que quemaba y las tormentas de tierra que dejaban la ciudad desierta, el verano con su cáncer de piel y el invierno que congelaba las venas. Si no conocían otra cosa no podían añorar otra cosa.

A Klio le parecía que cuanto más tiempo llevaba en aquel lugar, más nítidos eran los recuerdos de casa. La de verdad, no el orfanato. Utopia.

Se frotó los ojos y mantuvo las manos ahí unos instantes, apretadas contra su cara, haciendo retroceder el ataque de melancolía. No era justo. Y tampoco era justo que ni Sylwia ni Jen la hubieran creído jamás, pero esa batalla ya la había dado por perdida.

—Y ahora la página de filtraciones utópicas —anunció Jen a su lado, empujándola cariñosamente. Las “filtraciones” eran apenas unas cuantas líneas de los boletines del Muro que algunos soldados pasaban a los reporteros de El Informador, porque El Informador era el único periódico de Suburbia que se preocupaba por hablar un poco de lo que sucedía dentro de Utopia.

Las noticias sobre manifestaciones, el Consejo y los memoriales al mundo pre-guerras siempre le hacían sentir un poco mejor, como si la vida en Utopia no hubiera cambiado tanto y estuviera esperando a que volviese. Sólo necesitaba que el maldito ordenador del Ministerio de Inmigración le devolviera su puesto.

Un griterío repentino la sacó del ensimismamiento. Se puso en pie de un salto, haciendo caso omiso del dolor en las articulaciones. Las imágenes del premio desfilaban por la pantalla gigante al son del himno utopiano, mientras se hacía el silencio. Los bosques del Norte, con un verde que la mayoría sólo habían visto en pintura, y las explanadas de Bering con sus piscifactorias con peces de verdad, y UC, Utopia Ciudad, las calles blancas y asfaltadas y los coches eléctricos y la luz, el cielo azul, y al final, en un crescendo visual que cerró su garganta con un gemido, las Fosas del Niágara con su catarata y agua, agua auténtica, transparente y potable. Nadie sabía lo que era el agua hasta que tenía que abandonar Utopia, pensó Klio. Sólo los expulsados podían comprenderla ahora; para los habitantes de las Nethers era algo deseable pero irreal. Era parte del paquete.

El paisaje se disolvió dando paso a la sala del Ministerio de Inmigración, con su gigantesca mesa de madera y los tres notarios que tomarían nota del sorteo, además del Ministro de Inmigración. Sin más preámbulos la cámara enfocó un rostro amable que Klio había aprendido a odiar, con el pelo canoso raleando en los costados y arrugas de la risa a los lados de los ojos, aunque nadie le había visto jamás sonreír en pantalla. Tenía una voz suave y profunda carente de cualquier sentimiento.

—Emisión número cuatro ocho cero, treinta y uno de octubre de dos mil trescientos veintidós, once y treinta minutos de la mañana hora utopiana, desde el Ministerio de Inmigración en la Ciudad Capital de Utopia. —El Ministro se detuvo para tomar aire y leer del papel que había sobre la mesa—. El balance de permisos del periodo correspondiente a los últimos tres meses naturales es de mil trescientos doce.

Un murmullo de desasosiego y algunos gritos de desesperación acogieron las palabras.

—¿Mil trescientos doce? —La voz de Jen sonó aguda e incrédula.

—No quiere morirse nadie, joder —respondió Sylwia entre dientes. Klio pidió silencio con un gesto. Ignorante de la agitación que el número había causado a lo largo del Muro, el ministro continuaba la retransmisión.

—Los números son los siguientes. —La pantalla a su espalda mostró el primer número en grandes caracteres blancos—. Diecinueve millones novecientos sesenta mil doscientos veintitrés. —Silencio, y otro número—. Ciento dos millones novecientos cuatro. Treinta y un millones...

Habían llegado al número setecientos ochenta y cuatro. El silencio se volvía espeso y cada vez más tenso a medida que los números pasaban de largo. No hubo ningún cambio en la voz monótona del Ministro, ni en los notarios, y la pantalla se limitó a mostrar el número como con los doscientos ochenta y tres anteriores.

—Diecinueve millones doscientos ochenta y un mil novecientos ochenta y seis. Treinta y dos...

Jen tardó unos segundos en darse cuenta de que Sylwia se había agarrado a su brazo, tapándose la boca y ahogando una exclamación. Para cuando ambas se volvieron hacia Klio sólo tuvieron tiempo para verla alejarse corriendo, tan rápido como podía, camino de la puerta de alambre.