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Hasta el infierno

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“Si fracasas, si perdemos el Teseracto, no habrá reino, ni luna yerma, ni grieta, donde él no pueda encontrarte. ¿Crees que conoces el dolor? Él hará que suspires por algo tan dulce como el dolor”. ---- The Avengers, 2012.
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Capítulo 1

 

Desde que era niño, Thor recordaba haber oído a su padre hablar del peso de la corona.

Nunca lo había entendido realmente. Para él, ser rey consistía en librar gloriosas batallas, vivir en un hermoso palacio y ser admirado y obedecido por todos. Desde su punto de vista, era el mejor trabajo del mundo.

Al hacerse adulto, después de que sus visitas a Midgard le hubieran curado en gran parte de su arrogancia y su irresponsabilidad, Thor pudo empezar a comprender a qué se refería Odín. Pero no llegó a saberlo de verdad hasta después de traer a Loki de vuelta a casa, tras la batalla de Nueva York.

Thor no había querido estar presente mientras Odín dictaba la sentencia de su hermano. Había temido que le condenara a muerte y, de haber sido así, no estaba seguro de cómo habría reaccionado. Por muy enfadado que estuviera con Loki, por mucho que odiara lo que había hecho en Midgard, no podía imaginarse quedándose quieto mientras los guardias se lo llevaban para ejecutarle. Habría sido capaz de desafiar a su rey delante de toda la corte, y muchos soldados leales habrían muerto intentando impedírselo.

Por esa razón había sido uno de los primeros en inaugurar el recién reconstruido Bifrost, para marcharse junto con los Tres Guerreros y la Dama Sif a pacificar otros reinos. De todas formas había descuidado sus deberes de príncipe durante demasiado tiempo, era algo que tenía que remediar. Tal vez no fuera necesario que lo remediara con tanta prisa, pero sin duda debía hacerlo.

Por suerte, la intervención de Frigga había conseguido que Odín decidiera encerrar a Loki en prisión en vez de matarle. Thor respiró aliviado al conocer la noticia, y sólo entonces se atrevió a regresar, y a entrar en el salón del trono para ver a su padre.

Caminó sin hacer ruido entre las dos hileras de ornamentadas columnas que flanqueaban la sala, dirigiéndose hacia el trono. La luz dorada que se colaba por los ventanales proyectaba sombras alargadas sobre el suelo de mármol, como dedos fantasmagóricos que se estiraban hacia el pasillo central intentando atrapar los pies de Thor. Pronto caería la noche. Los mayordomos habían encendido algunas antorchas, pero el rey les había ordenado retirarse antes de que pudieran completar su trabajo, con lo que la estancia empezaba a verse envuelta en penumbra.

Odín estaba sentado en el trono con una mano apoyada en su lanza Gungnir, la espalda encorvada y la cabeza gacha. No daba señales de haber notado la presencia de su hijo, a pesar de que Thor estaba seguro de que le había visto.

Él siempre lo veía todo.

—He oído que ya has tomado tu decisión—dijo Thor al llegar al pie de los escalones que conducían al gran sillón dorado.

Odín levantó ligeramente la cabeza, girándola de lado para mirar a su hijo.

—Tendrías que estar sordo para no haberte enterado—respondió con brusquedad. Odín nunca había sido un hombre especialmente amable ni paciente, ni siquiera en sus días buenos, y desde luego aquel no era uno de ellos. Se le veía cansado, irritable e impaciente.

Tenía razón en lo que decía, por supuesto. Las habladurías habían corrido por la ciudad como el mejor caballo de las cuadras reales: el príncipe perdido, el enemigo más odiado del reino, había regresado de entre los muertos cargado de cadenas, humillado y vencido, para acabar encerrado en una de las mazmorras mejor guardadas del palacio. No era la clase de noticia que la gente se resistiría a propagar.

—¿Es cierto que has prohibido que reciba visitas?

Odín asintió con gravedad.

—Es más seguro de ese modo—contestó—. Loki es un experto manipulador, quién sabe lo que podría conseguir con su cháchara si le damos la oportunidad.

—¿Ni siquiera mi madre? ¿Ni yo? ¿Crees que somos tan débiles como para caer en su juego?

El rey cambió de postura, irguiendo la espalda con toda su autoridad. Por un momento, incluso dejó de parecer un anciano.

—¿Tú quieres ir a verle?

La pregunta no sonó amenazadora, sino más bien como si Odín ya supiera la respuesta mejor que el propio Thor. Éste agachó la cabeza, indeciso. Una parte de él necesitaba con desesperación volver a ver a Loki para comprobar cuánto quedaba allí del hermano que había conocido y amado. Pero había otra parte que temía ser débil y dejarse enredar por la palabrería de Loki, como tantas otras veces. Si se descuidaba, su hermano sería muy capaz de hacerle sentir culpable y hasta convencerle de que le habían tratado injustamente.

—No estoy seguro—admitió—. Pero me gustaría que fuese mi decisión.

El sonido profundo, prolongado y urgente de un cuerno de guerra cortó en seco cualquier respuesta que Odín estuviera a punto de darle. Padre e hijo intercambiaron una mirada de desconcierto antes de salir a toda prisa del salón del trono, en dirección a las puertas del palacio.

Otros miembros de la corte les fueron saliendo al paso a lo largo de su camino, Frigga entre ellos. La reina no hizo ninguna pregunta, salvo con los ojos; lo que vio en los de su marido, fuera lo que fuese, le provocó un estremecimiento.

El cortejo improvisado salió del palacio a caballo, dirigiéndose hacia el Bifrost. Las calles de Asgard empezaban a llenarse de desconcertados ciudadanos a medida que el gemido del cuerno se repetía una y otra vez. Muchos de ellos se unieron al grupo que seguía a la familia real, desesperados por saber qué estaba pasando, aunque no avanzaron más allá de los límites de la ciudad en cuanto pudieron ver lo que había fuera.

—No es posible… —murmuró Thor, sobrecogido.

De pie sobre la cúpula de su observatorio, Heimdall se llevó una vez más el cuerno a los labios para hacerlo sonar. Alrededor de él, flotando en el espacio a ambos lados del puente, una armada de naves Chitauri se desplegaba hasta donde alcanzaba la vista: cuatro enormes cruceros, cientos de lanzaderas de transporte, además de miles y miles de deslizadores biplaza, como los que habían utilizado esos alienígenas para desplazarse por Nueva York. Tampoco faltaban varias docenas de aquellos misteriosos monstruos, mitad animal y mitad máquina, que habían asolado la ciudad a su paso ondulante.

Era un ejército inmenso, inconcebible. Thor creía que las fuerzas de los Chitauri habían sido drásticamente diezmadas en la batalla de Midgard, pero ahora entendía que la escuadra que pusieron bajo el mando de Loki no era sino una pequeñísima parte de su auténtico poder.

Uno de los vehículos voladores de dos ocupantes se adelantó, apartándose de la flota, para aterrizar con delicadeza sobre el puente arco iris, casi exactamente en el mismo momento en que Odín y los suyos llegaban hasta allí. El Chitauri que lo conducía era un soldado de infantería, indistinguible del resto, pero su pasajero vestía una capa y una armadura que lo señalaban como alguien de mayor rango. Su capucha le cubría la cabeza, ocultándole la mitad superior del rostro. La otra mitad iba protegida por una máscara metálica, por lo que apenas se le distinguía nada más que la boca.

Odín descendió de su montura para salirle al encuentro, seguido de cerca por Thor. El alienígena no se molestó en bajar de su improvisado púlpito. Cuando habló, lo hizo con una extraña voz reverberante, de resonancia metálica:

—Venimos a llevarnos a Loki—anunció; sin saludos, sin ceremonias, directo al grano—. No tenemos ninguna otra querella con vuestro reino, así que, si nos lo entregáis, abandonaremos este lugar sin causar daño. Negaos y destruiremos Asgard, piedra por piedra, hasta encontrarle. En cualquier caso, no nos marcharemos de aquí sin lo que hemos venido a buscar.

La arrogancia del encapuchado fue la gota que colmó el vaso para Thor. Llevaba semanas bajo una tensión insoportable: descubrir que su hermano estaba vivo, seguirle hasta Midgard y tener que luchar contra él allí, regresar a casa tan sólo para volver a marcharse de inmediato, y pasar noche tras noche de sueño inquieto en los rincones más remotos de los nueve reinos, temiendo por el destino de Loki. Todo eso se había acabado acumulando hasta hacerle sentir como si tuviera cada nervio de su cuerpo a flor de piel. Sintió una incontenible furia hirviéndole en las venas, que le hizo olvidar incluso dónde estaba y con quién.

—¿Salís de Midgard con el rabo entre las piernas y no se os ocurre otra cosa que venir aquí a proferir amenazas? —replicó con desprecio—. Sois muy ingenuos si esperáis que os tomemos en serio.

—Si el príncipe requiere una demostración de fuerza—respondió el extraño con una dulzura empalagosa, cargada de sarcasmo—, estaré encantado de complacerle.

Antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar, el alienígena hizo un seco gesto con la mano y de una de las naves salió un brillante rayo de energía que vaporizó una esbelta torre cercana, esparciendo restos de acero y escombros por encima de la aterrorizada muchedumbre. Entre gritos de pánico, los asgardianos levantaron los brazos para protegerse la cabeza. Tres hombres cayeron por el borde del puente, causando una nueva oleada de alaridos entre los que se encontraban más cerca. El caballo de Frigga se encabritó, con ella aún encima, y estuvo a punto de tirarla al suelo. Thor tuvo que sujetar las riendas del animal mientras su madre lo tranquilizaba con palabras suaves y caricias en el cuello.

Al final, todo quedó sumido en un atónito silencio, roto tan sólo por el sonido de los fragmentos de metal que caían sobre el suelo multicolor. Una delgada columna de humo se elevaba desde los restos, ondulándose como una serpiente bajo el influjo de un encantador.

—Si el muchacho ya está satisfecho—continuó el Chitauri, con la misma delicada socarronería de antes—, quizás ahora quiera guardar silencio para que los adultos podamos mantener una conversación.

—¡Insolente bastardo…!

—¡Thor, basta ya!—le cortó secamente Odín. Después, se giró de nuevo hacia el alienígena, irguiéndose en toda su estatura para dejar claro que no se sentía intimidado—. La respuesta es no. Lo ocurrido en Midgard demuestra que Loki es extremadamente peligroso para cualquiera de los nueve reinos, y es mi deber garantizar que algo así no vuelva a ocurrir. No voy a liberarle, y menos aún para que se reúna con el ejército que alentó su locura en primer lugar. Si es guerra lo que habéis venido a buscar, la tendréis, pero Loki se quedará en Asgard para pagar por sus crímenes.

El extranjero emitió entonces un espeluznante sonido, a caballo entre un chirrido y los húmedos espasmos de una alimaña agonizante. Thor tardó un largo momento en comprender que la criatura encapuchada se estaba riendo.

—Si eso es lo que te preocupa, Padre de Todos, puedes estar tranquilo: liberarle no entra en nuestros planes. ¿Queréis castigarle por sus crímenes? Antes será castigado por su fracaso. Vosotros tendréis que esperar vuestro turno.

Hizo una dramática pausa, gesticulando con las manos en una parodia de disculpa. Aun con las sombras que la capucha proyectaba sobre su rostro, Thor habría podido jurar que el maldito sonreía.

—Suponiendo que aún quede algo de vuestro principito cuando El Otro haya acabado con él, claro está— añadió al fin.

Volvió a emitir su risita desagradable, sin duda disfrutando de las expresiones de horror de sus interlocutores. Antes de que cualquiera de ellos pudiera recomponerse lo suficiente para contestar, el alienígena hizo una seña a su piloto y éste elevó el vehículo en el aire, dejándolo flotar en suspensión mientras él hablaba:

—Ya conocéis nuestras condiciones. Tenéis doce horas para considerarlas y tomar una decisión. Ahora nos retiramos, pero al amanecer regresaremos aquí para llevarnos a Loki, bien sea de manera pacífica… o sangrienta. Eso queda a vuestra elección.

Sin esperar respuesta, el deslizador se dio la vuelta para reunirse con el resto del ejército, entrando en una de las naves crucero por una escotilla. Poco después, la flota completa volvió la espalda a Asgard, emprendiendo la marcha entre el rugido de motores. Lo único que dejaron tras de sí fue el más absoluto silencio.

 

****

 

Dos centinelas guardaban la puerta que daba acceso al ala privada del palacio, por orden expresa del rey.

Las habitaciones de la familia real estaban lo bastante apartadas de la zona pública como para asegurar la intimidad de sus dueños. Aun así, no estaba de más tomar precauciones extra para protegerse de oídos indiscretos. Puede que allí se estuviera discutiendo el futuro inmediato de Asgard pero, antes que eso, se trataba de un asunto de familia.

—Dime que no lo estás considerando—dijo Frigga, caminando nerviosamente de un lado para otro por el comedor familiar—. Por favor, dime que no estás pensando en entregar a nuestro hijo a esos salvajes para que lo destrocen.

—No quiero hacerlo, pero, ¿qué alternativa tenemos? —respondió Odín con gravedad, de pie junto a la mesa en la que habían celebrado tantas cenas familiares. Tenía las manos apoyadas en el respaldo de una de las sillas y mantenía la vista fija en el suelo, rehusando mirar a su esposa—. ¿Existe otra manera de salir de esto sin que mueran miles de los nuestros? Si alguno de vosotros la conoce, estoy más que dispuesto a escuchar.

Su esposa se detuvo en seco, volviéndose hacia él con expresión de horror.

—No puedo creer lo que estoy oyendo—le reprochó, indignada—. ¿Qué clase de piedra tienes por corazón? ¿Realmente serías capaz…?

—¡Maldita sea, Frigga, yo no puedo permitirme el lujo de pensar como padre! —exclamó, irguiéndose y enfrentándola por fin—¡Mi deber es pensar como rey! ¿¡Me pides que lleve a todo mi pueblo a la guerra para defender a un solo hombre?!

—¡Ese hombre es tu hijo!

—¡Y ya es bastante mayor para hacerse responsable de sus actos!—estalló Odín, furioso—. ¡En el nombre de Idunn, ¿en qué estaba pensando al escoger esa clase de aliados?!

—¡¿Ésa es tu defensa!?—se indignó ella—. Loki ha cometido errores, de acuerdo. No niego que deba asumir las consecuencias, pero lo hará aquí, en Asgard, donde puede recibir justicia. Entregarle a esa gente no es justicia, es una abominación. ¿Acaso no has oído lo que esos monstruos pretenden hacer con él?

Sentado en una de las cuatro sillas que rodeaban la mesa rectangular, Thor se había mantenido silencioso todo el tiempo, mirando alternativamente a uno y a otro mientras luchaba con sus propios sentimientos en conflicto. Había una parte de él, la parte que aún tenía grabada en las retinas la imagen de Nueva York arrasada y del agente Coulson atravesado por una lanza, que pensaba que cualquier cosa que le sucediera a Loki se lo tendría merecido. Pero había otra parte, más visceral y profunda, que sólo sabía repetir con fiereza la misma idea, una y otra vez.

Nadie toca a mi hermano pequeño.

Thor no se sentía especialmente orgulloso de ninguno de esos dos sentimientos.

—Además, ¿qué mensaje quieres enviar a los otros reinos?—continuó Frigga, gesticulando con una mano para enfatizar sus palabras, mientras con la otra empujaba hacia atrás la pesada falda de su vestido—. ¿Un ejército viene aquí con amenazas y tú le entregas a uno de los príncipes sin rechistar? ¿En eso nos hemos convertido?

—Créeme, me gustaría presentar batalla tanto como a ti—contestó Odín, mirándola a los ojos—. Yo también le quiero, Frigga, y quiero protegerle. El problema es que no estoy seguro de que pueda.

—¿Qué quieres decir?—intervino Thor, alarmado por el tono de derrota que había oído en la voz de su padre.

Odín volvió el rostro hacia él, lentamente. Tenía los hombros encorvados y su respiración era pesada, casi como aquel fatídico día en el que había acabado desterrando a Thor de Asgard. De repente parecía muchísimo más viejo.

—Si decido ir a la guerra, ¿cuántos me seguirán?—dijo con voz trémula—. No tengo ninguna duda de que cada ciudadano de este reino lucharía y moriría gustosamente por ti, Thor, pero tu hermano nunca ha gozado del favor de nuestro pueblo en la misma medida. Y después de las cosas que ha hecho, le quieren menos aún. Especialmente desde que se sabe la verdad sobre sus orígenes. ¿Cuántos de nuestros guerreros estarían dispuestos a entregar su vida por…?

—Por un gigante de hielo—terminó Thor, amargamente.

Los tres quedaron en silencio, contemplando, cada uno a su manera, las implicaciones de esa fea verdad. Lo peor era que, hasta no mucho tiempo atrás, Thor tal vez habría justificado ese comportamiento, en lugar de sentirse avergonzado en nombre de su pueblo. Aún hoy tenía que preguntarse si, tratándose de cualquier otro que no fuese su hermano, él mismo no pensaría igual.

—Lucharán porque es su deber—insistió Frigga con tenacidad—. Por Asgard y por su rey.

—Tal vez—concedió Odín, aunque su voz y su lenguaje corporal seguían transmitiendo el mismo cansancio de antes—. La cuestión es, ¿tengo derecho a pedírselo? El pueblo no se debe a su rey, Frigga, y tú lo sabes. Es el rey quien se debe a su pueblo.

—Muy bien—dijo ella, caminando con paso decidido hacia un armario dorado apoyado contra una pared—. Veamos si son capaces de seguirme a mí, entonces. Porque una cosa es cierta: no pienso entregar a Loki sin luchar.

Abrió las puertas del delicado mueble para revelar una magnífica armadura femenina, cada pieza expuesta en su correspondiente soporte. El acero se había vuelto algo mate con el tiempo, pero las elegantes filigranas grabadas en el metal todavía eran visibles a lo largo de las curvas del peto y las escarcelas. Frigga sacó la espada de su vaina con gesto firme, como si no hubieran pasado muchos años desde la última vez que tuvo que blandirla. La hoja ni siquiera había perdido su filo. Con ella en la mano, se volvió hacia Odín y Thor, que la contemplaban con asombro.

—Si esas bestias quieren llevarse a mi hijo, tendrán que pasar por encima de mí— sentenció.

El fuego que ardía en sus ojos y la pose imponente de su figura dejaban bien claro que Frigga hablaba completamente en serio. En aquel momento volvía a ser una doncella escudera de los Vanir de los pies a la cabeza. Desafiante y orgullosa, tal como Odín la había conocido en su juventud.

La vida en la corte, los lujosos vestidos y el discreto segundo plano que adoptaba al lado de Odín podrían confundir a cualquiera, incluso a su hijo. Thor había oído las historias un millón de veces, pero nunca había podido imaginarse a su madre como una guerrera. Para él, Frigga era las manos suaves que le reconfortaban cuando tenía pesadillas; la voz sensata que mediaba entre él y su padre cuando discutían; era el hogar, y todas las cosas dulces y hermosas que no tenían absolutamente nada que ver con la guerra.

Sin embargo allí estaba ella, recordándoles a todos quién era y de qué estirpe provenía.

—Madre, no—respondió otra voz desde la entrada de la habitación. Ninguno de los presentes la había oído abrirse, pero de pronto allí estaba Loki, las muñecas ceñidas por grilletes y Volstagg sujetándole por un brazo, a pesar de que no parecía que estuviera resistiéndose.

Thor se levantó de su asiento, inquieto, preguntándose cuánto había escuchado Loki de la conversación. A juzgar por la mirada dolida de sus ojos, había oído suficiente.

Loki se soltó de un tirón de la mano de Volstagg, deteniendo al guerrero con una fría mirada cuando éste intento agarrarle de nuevo. Después, caminó con aire regio hacia el interior de la estancia, pasando de largo entre Odín y Thor para acercarse hasta la reina.

Volstagg se removió, incómodo, sin saber dónde poner la vista. Thor se compadeció de él y, agradeciéndole sus servicios, le dio permiso para retirarse. Unos segundos después volvieron a cerrarse las puertas dobles, con un golpe seco que reverberó entre las paredes.

—Nadie tiene que morir por mí—dijo Loki cuando el eco se disipó, tomando la mano libre de Frigga entre las suyas—. Y tú, menos que nadie. Me entregaré a los Chitauri voluntariamente.

Thor no podía ver el rostro de su hermano, sólo la parte de atrás de su cabeza. Lo que sí vio fue cómo su madre palidecía, dejaba caer la espada y se agarraba con ambas manos a los antebrazos de Loki, los dedos crispados de ansiedad.

—Hijo, no tienes por qué hacer esto. Encontraremos otra salida.

—No hay otra salida, madre. Odín tiene razón—a nadie en la sala se le escapó la deliberada distinción de trato hacia uno y otro. El Padre de Todos no mostró reacción alguna, aunque Thor habría jurado que, durante un breve instante, le vio apretar los dientes.

—Intentar defenderme costaría muchas vidas y, al final, sería inútil—siguió diciendo Loki—. Conozco bien a los Chitauri, sé que el poder de su ejército supera con creces las defensas de Asgard. Me llevarán con ellos de una manera o de otra, la única duda es si arrasarán el reino en el intento o no. Y, aunque sé que los aquí presentes me consideran indigno de un trono—se volvió hacia Thor al decir eso, sin hacer el menor esfuerzo por disimular el resentimiento en su voz y en su expresión—, todavía soy lo bastante rey en mi corazón como para hacer ese sacrificio por nuestro pueblo.

Thor se sintió enrojecer de vergüenza, lo que sólo sirvió para irritarle aún más y ponerle a la defensiva.

—¿Sacrificio?—espetó, frustrado. Al final, a pesar de toda su cautela, Loki se las había arreglado para hacerle sentir culpable sin merecerlo—. Tú jamás te has sacrificado por nada ni por nadie, salvo por ti mismo. No, no te creo, aquí hay algo más. Para empezar, ¿cómo te has enterado tan pronto de los detalles de la amenaza de los Chitauri?

—Las noticias vuelan—replicó Loki, encogiéndose de hombros.

—No juegues conmigo, Loki, ya estoy harto de tus trucos—replicó Thor, cada vez más enfadado—.
Es todo una cortina de humo, ¿verdad? Los Chitauri han venido aquí por orden tuya, para liberarte. Sus promesas de tortura no son más que una patraña, elaborada con el fin de inspirarnos lástima y remordimiento. ¡Di la verdad!

En los ojos de Loki bailó, durante una fracción de segundo, una mezcla de dolor y decepción que casi impulsó a Thor a retirar sus palabras. Sin embargo, desapareció tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar. En su lugar, su hermano le miró con una especie de cansada resignación, dejando escapar una risa en la que no había ni una sola pizca de humor.

—Es cierto, lo olvidaba—dijo, bajando la cabeza—. Es de mí de quien estamos hablando.

Cuando levantó la mirada, su expresión volvía a ser arrogante, satisfecha de sí misma. Sonreía de medio lado en una perversa mueca de triunfo.

—Por fin estás aprendiendo, hermano—dijo—. Tienes razón: los Chitauri han venido para liberarme. Acordamos hace tiempo esta estratagema para el entonces improbable caso de que yo cayera derrotado. Oh, pero lo hice por vosotros, mi amada familia; para que el coste político no fuese tan grande. El pueblo de Asgard aceptará que me entreguéis para ser torturado, e incluso se regocijará con ello. En cambio, si supieran que en realidad me estáis dejando en libertad… Bueno, eso no les haría muy felices, ¿no es así, majestad?

Su voz destilaba ironía. Se regodeaba en su victoria y en su superioridad como una prostituta revolcándose en sábanas de seda. Ni Odín ni Frigga respondieron a la provocación, pero Thor, incapaz de aguantarlo más, agarró a su medio hermano por el cuello y lo aplastó contra una columna.

—¡Maldita sabandija! —exclamó, mientras Loki se debatía en busca de aire, tironeando de la mano que le atenazaba la garganta—. ¡No vas a burlarte de nosotros, ¿me oyes?! ¡No escaparás del castigo que te mereces!

Loki se echó a reír.

—¿Y cómo piensas impedirlo?—le retó—. Ya has visto su ejército. No dejarán piedra sobre piedra para sacarme de aquí, si les obligáis. Asgard caerá, y millones de vidas se perderán, sólo porque mi noble y valiente hermano no está dispuesto a dar su brazo a torcer. ¿Es eso lo que quieres, Thor? Porque, si es así, lo tendrás, eso te lo prometo.

—¿Destruirías tu propio hogar?—dijo Thor, más dolido que enfadado—. ¿Es que ya no te importa nada? ¿Ni siquiera nosotros, que somos tu familia? ¿Serías capaz de arrasarnos a todos?

Loki le miró directamente a los ojos mientras le contestaba, apretando los dientes.

—¿De qué crees tú que soy capaz, querido hermano?

Se miraron a los ojos durante un largo momento, desafiándose mutuamente, hasta que Odín posó una mano sobre el hombro de Thor, pidiéndole en silencio que le soltara.

—Así sea, entonces—dijo, dirigiéndose a Loki, con la voz cargada con la misma tristeza de antes—. Si estás decidido a hacer esto, tendré que dejarte ir.

En contra de lo que Thor esperaba, Loki no respondió con uno de sus sarcásticos comentarios habituales. Se limitó a asentir en silencio con un seco gesto de la cabeza, los labios apretados y las manos cerradas en puños.

—Haré que te lleven a tu habitación—continuó Odín—. No tiene sentido enviarte de nuevo a una celda. Descansa, si es que puedes. Será una noche muy larga.

Si a Thor le sonó extraño el comentario de su padre, estaba demasiado ocupado taladrando con la mirada a Loki para pensar en ello. Mientras tanto, Odín llamó a los guardias que estaban fuera, ordenándoles que acompañaran a Loki hasta su dormitorio y le mantuvieran arrestado allí. Los soldados se lo llevaron, cada uno sujetándole por un brazo, aunque por la actitud del príncipe se habría dicho que se trataba de su escolta personal y no de sus captores.

Frigga ahogó un sollozo y abandonó el comedor en dirección a sus habitaciones, cubriéndose la boca con una mano. Thor la siguió con la mirada, confuso, hasta que desapareció de su vista. Después se volvió hacia su padre, pero éste le daba la espalda, con la cabeza gacha y las manos apoyadas sobre el respaldo de una silla. No se movió, ni habló.

Thor quiso decirle algo que mitigara su tristeza, su evidente sensación de fracaso, pero intuyó que sería mejor dejarle solo. En realidad, tampoco se le ocurría nada apropiado que decir. Se marchó de allí en silencio.

Echó a andar sin rumbo fijo y acabó en los jardines de palacio. A medida que su enfado se iba disolviendo, su propio dolor se abría paso en su pecho, ahogándole como si se hubiera tragado una piedra. Se sentó en un banco de piedra, en un rincón relativamente oculto del camino principal, luchando contra las ganas de agarrar a Mjolnir y ponerse a destrozar cosas.

¿Cómo podía Loki haber llegado tan lejos? Sus crímenes en Midgard habían sido graves, pero esto era mil veces más personal. Traer un ejército a las puertas de su hogar y amenazar con destruirlo significaba que a Loki ya no le importaban nada ni Asgard, ni su familia. Le daba igual si morían. Odín, Frigga, el propio Thor. Ya no sentía nada por ninguno de ellos.

De algún modo, en toda aquella locura, eso era lo que más le dolía.

Era como estar otra vez encerrado en la cápsula de cristal dentro del helitransporte de S.H.I.E.L.D., viendo cómo Loki se acercaba a los controles para dejarle caer al vacío. Hasta entonces se había estado aferrando a la idea de que, muy en el fondo, su hermano aún le quería, y que sus supuestos intentos de acabar con él habían tenido más de bravata que de auténtica intención. Incluso albergó una breve esperanza al verle dudar, la mano suspendida sobre el panel. Pero cuando Loki pulsó los mandos, Thor tuvo que aceptar, por primera vez, que su hermano realmente quería verle muerto.

Su hermano, el que había sido su sombra desde que eran pequeños. El que le había seguido en todas sus correrías, por idiotas o imprudentes que le parecieran, sólo por lealtad hacia él. El que siempre se inventaba las mejores bromas para hacerle reír.

¿Cómo había podido cambiar tanto?

En cierto sentido, era como darle por muerto nuevamente. Loki saldría libre al amanecer, pero el hombre que caminaría por el Bifrost con las primeras luces del día, orgulloso y triunfante, no sería su hermano. El hermano al que Thor había querido con toda su alma ya no existía.

 

*****

 

Thor no conseguía dormirse, aunque tampoco había esperado poder hacerlo. De hecho, estaba casi seguro de que ningún miembro de su familia iba a conciliar el sueño esa noche.

Harto de dar vueltas en la cama, se levantó y se puso unos viejos pantalones de cuero suave y flexible. Se echó por encima una túnica ligera, sin mangas, mientras metía los pies dentro de las botas. En el último momento decidió colgarse a Mjolnir del cinturón, más por costumbre que porque pensara que iba a necesitarlo.

La habitación de Loki estaba a apenas unos pasos de la suya, en la misma ala del palacio. De niños habían compartido otro dormitorio, situado junto a la habitación de la nodriza, pero al crecer les habían separado. Le asaltó el súbito recuerdo de aquellas primeras noches: lo raro que se había sentido al intentar irse a dormir sin el sonido de otra respiración para acunarle, y la cantidad de veces que Loki se había escapado de puntillas de su propia habitación para colarse en la de Thor, porque no se acostumbraba a estar solo.

Se frotó el pecho con aire ausente, intentando disipar la punzada de dolor que se le había alojado ahí.

Los centinelas apostados junto a la puerta le abrieron paso en cuanto le vieron llegar. Thor llamó con los nudillos por mera cortesía, aunque no esperó respuesta antes de entrar.

Le traía sin cuidado si era bienvenido o no.

Loki estaba de pie ante una de las estanterías que cubrían la mayor parte de las paredes, hojeando un libro a la luz de las velas. Al oír la puerta, levantó brevemente la mirada hacia Thor, para luego volver a bajarla mientras pasaba una página con delicadeza.

—¿Qué ocurre, Thor? ¿Acabas de recordar un nuevo insulto que querías dedicarme antes de que nos despidamos?

Thor no respondió. Caminó lentamente por ese cuarto en el que, en realidad, había estado muy pocas veces. Aquel era el santuario de Loki, su refugio privado. Su hermano siempre se había sentido incómodo dejando entrar allí a otra gente. De hecho, él era uno de los pocos privilegiados a quienes se lo había permitido alguna vez. Thor observó las paredes cubiertas de libros; los objetos extraños, sin duda relacionados con la magia que Loki tanto adoraba y que él nunca había entendido; el sillón estratégicamente situado junto a la ventana con el fin de aprovechar la mejor luz para leer; los colores oscuros de la ropa de cama, verde y negro con tan sólo unos toques dorados para suavizar el conjunto.

—¿No? ¿Nada?—continuó Loki ante su silencio—. Entonces, ¿qué haces aquí?

Thor se sentó en el borde de la cama, haciendo que Loki le diera la espalda a la estantería para poder seguir mirándole, mientras pensaba en la pregunta. En realidad, no estaba muy seguro de qué era lo que le había llevado hasta allí.

—Supongo que lo que necesito es saber por qué—contestó al final—. Loki, ¿cómo has podido llegar a odiarnos tanto? ¿De verdad serías capaz de ordenar a ese ejército que lo destruyese todo? ¿Tu hogar, tus amigos, tu familia?

Loki dejó escapar un bufido de incredulidad.

—¿Qué amigos, Thor? ¿Qué hogar? Lo único que he recibido de Asgard durante toda mi vida ha sido desconfianza y desprecio.

—Eso no es verdad.

—¿Ah, no? ¿De verdad has olvidado las conversaciones a mis espaldas, los continuos desplantes, los insultos? Sólo porque no era ni tan fuerte ni tan cabeza hueca como tú, me trataban como si fuera el bufón de la corte.

—¡Sólo eran bromas! Y, si no recuerdo mal, tú solías devolverlas con creces.

—De algún modo tenía que defenderme, cuando el pasatiempo favorito de todo el mundo era inventar nuevas burlas con las que humillarme.

Thor negó tercamente con la cabeza.

—Sigues viendo ofensas donde nunca las hubo—insistió—. Has cogido un puñado de chanzas dichas en buena fe y las has tergiversado en tu mente para alimentar con ellas tu rencor.

—¿Buena fe…?—repitió Loki, elevando las cejas en una cómica curva de estupefacción—. Por el ojo de Odín, eres igual que madre. También crees que todo el mundo me ve como lo haces tú.

Cerró el libro, lo devolvió a su sitio y caminó en dirección al sillón que había al lado de la ventana, situado justo enfrente de donde Thor estaba sentado.

—¿Sabes qué hizo ella cuando nuestro padre cayó en el sueño de Odín mientras tú estabas desterrado?— siguió diciendo mientras andaba—. Hizo que un chambelán trajese a Gungnir a sus aposentos y me la pusiera en las manos, sin más, allí mismo. Me dijo “hasta que Odín despierte, Asgard es tuya” y me envió a gobernar el reino sin ceremonia de coronación, sin el beneficio de una simple declaración ante la corte que me respaldase como rey legítimo. Dio por sentado que todo el mundo me respetaría, porque eso es lo que quería creer. Dejó que me las arreglase solo, con una guerra en ciernes y un puñado de cortesanos que pensaban que desobedecer una orden de Odín era traición, pero desobedecer las mías constituía un acto de heroísmo.

Se sentó en el sillón, con el cuerpo inclinado hacia delante y un codo apoyado sobre la rodilla, sin dejar caer la sonrisa despreocupada que se había plantado en el rostro. Fingía lo bastante bien como para haber engañado a cualquier otro, pero no a su propio hermano. Las señales eran sutiles, resultarían imperceptibles para alguien que no hubiera pasado toda su vida al lado de Loki, pero Thor las reconocía: su piel estaba demasiado pálida, su sonrisa mostraba demasiados dientes. El recuerdo que estaba contándole le dolía mil veces más lo que quería hacerle creer.

—¿Tienes idea de lo difícil que es gobernar un reino cuando todos los cortesanos te consideran un usurpador? Y tiene gracia, porque precisamente me odiaban por haberme negado a pisotear la autoridad de Odín revocando su última orden: la de tu destierro—dejó escapar un bufido irónico—. Por algún misterioso prodigio, tu ausencia dejó de ser culpa de Odín y pasó a ser mía. Estábamos a punto de entrar en guerra con Jotunheim, pero por lo visto yo era el único que lo recordaba. A los demás, lo único que les importaba era cuándo ibas a regresar para sacarme del trono.

—¿Por eso enviaste al Destructor a matarme? —replicó Thor con amargura.

Loki se encogió de hombros, sin la menor muestra de remordimiento.

—Eso puedes agradecérselo a tus queridos amigos, que decidieron desafiarme yendo a buscarte antes de tiempo. Si se hubieran quedado quietecitos, dejándome completar mis planes para evitar la guerra, nada de eso habría sido necesario.

Thor le respondió con una mirada torva que mostraba con claridad lo que pensaba de esa lógica.

—¡Oh, vamos!—dijo Loki, riendo suavemente—. Sólo quería que, cuando Odín despertara, se encontrase con que yo había salvado Asgard del desastre que tú habías provocado. ¿Es eso mucho pedir? Sólo quería demostrarle que soy tan digno hijo suyo como tú. Después, podrías haber vuelto cuando quisieras.

—¿Y cómo ibas a demostrárselo, aniquilando a una raza entera? ¿A tu propia raza?

—¡No es mi raza!—espetó, poniéndose en pie de golpe. Su rostro había perdido la máscara engreída, transformándose en una mueca de odio. Empezó a pasearse por la habitación como si le quemaran las plantas de los pies si se quedaba quieto—. Yo no soy uno de ellos. Ni tampoco soy uno de vosotros. Soy sólo yo. Y, algún día, encontraré mi lugar en este universo. Puede que no fuese Midgard, pero habrá otro reino. Mi propio reino.

—En el que estarás completamente solo—terminó Thor, con voz pesarosa.

Loki se detuvo en seco, volviendo la mirada hacia él.

—Si eso es lo que hace falta…

—¿Merece la pena, Loki? ¿Eso es mejor que estar con nosotros? ¿Conmigo?

—Querrás decir estar a tu sombra. Constantemente comparado contigo, y siempre perdiendo en la comparación.

Thor exhaló un suspiro trémulo. Sentía como si el abismo que le separaba de su hermano se fuera haciendo más grande con cada palabra que cualquiera de los dos pronunciaba, y no tenía ni idea de cómo franquearlo.

—Para mí nunca fue así—insistió de todos modos.

—Ya, pues, enhorabuena—replicó Loki con sarcasmo—, porque en eso eres el único.

 

*****

 

Luz tras sus párpados. Muy débil aún, tan sólo la promesa de la primera claridad del alba, pero había algo extraño en ella, como si no estuviera donde debería estar. No procedía del lado correcto de la cama.

La cama… ¿En qué cama estaba? La tela que sentía bajo la mejilla tenía un tacto que le resultaba ajeno. Abrió lentamente los ojos, parpadeando. Aún estaba demasiado oscuro para poder distinguirlo, pero Thor habría jurado que aquella no era su colcha.

A caballo entre el sueño y el despertar, arqueó levemente el cuello para echar un vistazo a su alrededor, girando el rostro hacia el origen de la escasa luz. Ah, claro, la ventana. Pero no tendría que estar en ese lado. ¿Por qué diablos se había movido la ventana de su dormitorio?

¿Loki? ¿Qué hacía Loki ahí sentado? Parecía una estatua en aquel sillón, el rostro vuelto hacia afuera, un codo apoyado en el brazo de la butaca y los nudillos descansando sobre sus labios. Debía de ser un sueño, porque en la realidad Thor nunca había visto semejante expresión de angustia y miedo en la cara de su hermano.

Ah, cierto, estaba en la habitación de Loki. Había ido a hablar con él la noche anterior, seguramente se había quedado dormido en algún momento durante la madrugada, sin darse ni cuenta, y por eso…

Alguien tocó a la puerta. Loki se puso en pie de inmediato, transformando su semblante en uno de satisfecha seguridad en sí mismo. El cambio fue demasiado rápido para el cerebro de Thor, aún embotado por el sueño, que lo percibió pero fue incapaz de interpretarlo. Dos guardias entraron, armados con lanzas. Uno de ellos cerró de nuevo los grilletes en torno a las muñecas de Loki, mientras Thor se incorporaba con pesadez.

Al verle despierto, Loki se volvió hacia él con una sonrisa sardónica.

—Bien, hermano, aquí es donde nos despedimos— le dijo—. Mi escolta ha venido a recogerme. Esto ha sido muy agradable, pero ahora, si me disculpas, debo irme. No sufras, Thor. Esta vez gano yo, pero al menos tienes el consuelo de que no volverás a verme.

Antes de que Thor pudiera responder, Loki salió de la habitación flanqueado por ambos guardias, dejando a su hermano irritado, confuso y con una profunda pena en el corazón.

Pensó en ir a su habitación, vestirse y hacer acto de presencia junto a sus padres en la partida de Loki. Probablemente era su deber como príncipe. El problema era que la sola idea de tener que ver cómo su hermano les abandonaba con una sonrisa le revolvía el estómago.

Salió de la habitación de Loki, caminando con pesadez hacia su propio dormitorio. Sentía una opresión en el pecho que le resultaba demasiado conocida, a estas alturas. La había arrastrado durante semanas cuando creyó que su hermano había muerto, y la había vuelto a sentir tras caer del helitransporte en Midgard, cuando tuvo que aceptar que Loki había llegado demasiado lejos y ya no había vuelta atrás para él.

Estaba cansado de perder a su hermano una y otra vez.

Entró en su cuarto, considerando por un instante la idea de meterse en la cama y volver a dormirse. Con un poco de suerte, cuando despertara Loki ya se habría ido. Pero descartó esa posibilidad tan pronto como se le ocurrió. Sabía demasiado bien que ya no lograría conciliar el sueño, no con esa incómoda sensación pinchándole desde el fondo de su mente.

“Esta vez gano yo, pero al menos tienes el consuelo de que no volverás a verme”.

Había algo ahí que no le dejaba tranquilo, algo que le erizaba el vello de la nuca por puro instinto, pero no podía concretarlo. ¿Qué demonios era?

Esa expresión que había visto en el rostro de Loki al despertar, cuando su hermano creía que nadie le miraba. El miedo descarnado, el sufrimiento de quien aguarda su condena y ya no sabe qué es peor, si la espera o lo que tenga que venir después. Thor había visto esa mirada incontables veces, incluso en los guerreros más curtidos, antes de una batalla.

Pero si Loki sólo estaba esperando su liberación, ¿de qué tenía miedo?

A menos que no estuviera esperando su liberación, sino todo lo contrario.

A menos que los Chitauri hubieran dicho la verdad, y Loki sólo hubiera estado fingiendo que iban a liberarle porque eso era lo que Thor había pensado de él en primer lugar.

Giró sobre sus talones a la velocidad del rayo, llamando a Mjolnir a su mano a la vez que se precipitaba hacia el pasillo. No se veía rastro de Loki ni de sus centinelas por ninguna parte, por supuesto. Aun así, Thor corrió tan rápido como pudo por los interminables corredores hasta las puertas de palacio, maldiciendo el tiempo que había perdido en sacudirse las telarañas del sueño y sacar las conclusiones necesarias.

Cuando llegó a la plaza, divisó a lo lejos la comitiva que conducía a Loki hacia el Bifrost, en una cuadriga conducida por un soldado. Odín y Frigga ocupaban su lugar a ambos lados de su hijo, habiendo dejado atrás a los guardias que lo escoltaban. Al fondo se veía la armada Chitauri, desplegada en todo su poder, tal como lo había estado la tarde anterior.

No quedaba tiempo. Thor hizo girar el martillo para elevarse en el aire con él, desplazándose a toda velocidad. Desde lo alto pudo ver cómo Frigga se abrazaba a Loki, enterrando el rostro en su pecho, y cómo Odín tenía que separarla de él, gentilmente pero con firmeza. Dos soldados Chitauri se acercaban a ellos desde el otro lado. Sujetaron a Loki por ambos brazos, para conducirle hacia el extremo del puente.

Con el corazón palpitándole en las sienes, Thor aterrizó junto a sus padres, sólo para ver cómo su hermano era empujado sin miramientos hacia un deslizador.

— ¡NO! ¡LOKI! —gritó a pleno pulmón.

Pero ya era tarde. El esbelto vehículo emprendió el vuelo con sorprendente rapidez, perdiéndose en el interior de una de las naves nodriza en cuestión de segundos. Thor volvió a agitar a Mjolnir, con una única idea repitiéndose una y otra vez en su mente: “no puedo dejar que se lo lleven, no puedo dejar que se lo lleven”.

Sin embargo, a pesar de su desesperación, fue capaz de ver lo estúpido e inútil de ese gesto. ¿Qué podía hacer, él solo, contra todo aquel ejército?

Lentamente, con un nudo en la garganta, Thor permitió que el martillo fuera perdiendo inercia hasta detenerse por completo.

La flota Chitauri no se demoró en poner proa hacia el infinito y desaparecer, llevándose a Loki con ellos. Algo parecido a la garra de un bilchsteim se cerró sobre el corazón de Thor y le robó el aire de los pulmones. Sus piernas cedieron de golpe bajo su cuerpo, haciéndole caer de rodillas sobre la superficie irisada del Bifrost.

No derramó ni una sola lágrima, aunque habría querido hacerlo. Todas se le habían atascado dentro.