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Todo lo que necesita es un ángel y una píldora

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Chopin sabía que había una rutina para cada mañana. Liszt entraría y
lo despertaría, con movimientos exagerados y frases motivacionales que
parecían sacadas de un libro cursi de autoayuda; con esa sonrisa de mil
soles en una cara maquillada extendería hacia él un vaso con agua y la
desagradable píldora. Pequeña y amarga, irónicamente algo tan
diminuto para resolver sus problemas. Sus problemas de loco.
Pero Liszt seguiría sonriendo, impávida y paciente, como si fuera lo más
normal del mundo, y las dudas y la vergüenza se van, porque si ella sonríe
de esa manera no puede estar tan mal.

Aunque en el fondo sabe que no es así, que en cuanto deje de tomar la
píldora volverá a ocurrir.
Cuando se encuentre aterrorizado por estar entre desconocidos o el
círculo amistoso de la mansión se torne amenazador y asfixiante, lo volverá a
ver. Junto a él, con las manos delgadas, frías como la muerte y el rostro
de la tristeza infinita. Una versión de él mismo, una versión de hace un
siglo. Meneando la cabeza con decepción y preguntando porqué el
temor sigue dominándolo, aún en su renacer. Repitiendo una y otra vez,
con una voz dolorosamente frágil, que no tiene sentido continuar en una vida así.

Chopin, pálido y tembloroso, quiere dejar de escucharlo y huir de allí, huir de todos;
porque el miedo a sí mismo es demasiado grande para expresarlo.
Es en esos momento cuando la busca entre la bruma que se ha
levantado a su alrededor. Busca a su salvadora de toda la vida, aunque
su figura sea diferente de un siglo atrás. Y con una mirada ella lo sabe.
Liszt toma su mano con suavidad y lo lleva de vuelta a la oscuridad
acogedora a la que él está tan acostumbrado.
Ella es un ángel que renuncia a la luz para que él vuelva a ser feliz; y
entre sus brazos, escuchando su voz celestial, Chopin vuelve a serlo.
Como hace más de un siglo.

Mientras su rutina matutina no se rompa, seguirá tranquilo. Mientras
tome el medicamento él seguirá viviendo en paz, conviviendo en
relativa tranquilidad con el excéntrico grupo que lo rodea.
Porque si Liszt sonríe de esa manera, si su amor y comprensión no lo abandonan, todo irá
bien.