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Combatiendo contra el amor

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"¿Estás conectada?"

El mensaje de su amigo le llegó como caído del cielo, abrió la pestaña del skype con una sonrisa de oreja a oreja y probó a hacerle una vídeo llamada, sabía que había una diferencia de cinco horas entre Londres y Mystic Falls por lo que sí aquí era casi las siete de la mañana, en Virginia tenían que ser las dos de la mañana, pero si su amigo le había contactado es que quería pasar por lo menos un par de horas hablando con ella, como en los viejos tiempos.

Cuando el chico aceptó la llamada, la pantalla se iluminó con la figura de su amigo, había cambiado mucho en esos años, ahora era mucho más atractivo pero de una forma bastante cómica, parecía Robert Pattinson en Twilight, casi se rió de su propia gracia.

La webcam solo le permitía admirar su cabello perfectamente ordenado y su rostro que mostraba una gran falta de sueño, detrás del chico se veía una pared con algunos posters, pero poco más. Le sonrió alegremente en modo de saludo y él le respondió con un bostezo enorme.

—¡Oh Dios mío! ¡Te vas a comer la cámara! —rió a carcajadas, casi pudo admirar su campanilla—. Anda Stef, vete a la cama, ¡que tu cuerpo te lo pide a gritos!

El chico se restregó el ojo con la mano y volvió a bostezar pero esta vez tuvo la decencia de cubrirse la boca con la mano, no por educación sino por vergüenza, no le había hecho gracia ver a su amiga riéndose de él. Pensó en sus últimas palabras y negó con la cabeza, no iba a irse a la cama y esperar a la semana que viene, cuando volviese a casa, para hablar con ella, ni tampoco unas horas más.

—Stef, podemos esperar para charlar. ¿Qué tal hoy a las cinco de la tarde? allí serán las doce, ¿o vas a dormir hasta la hora de almorzar?

Elena, voy a estar fuera todo lo que queda de semana, tenemos que hablar ahora.

—¿De verdad?

¿A quién pretendía engañar? Elena también necesitaba hablar con su amigo, casi no habían compartido momentos como estos desde que ella tuvo que irse a Inglaterra a causa del divorcio de sus padres y de eso ya habían pasado cinco años.

Su padre, que se había quedado en Mystic Falls había tenido un accidente de coche y necesitaba descansar, su tía Jenna, que también vivía en la zona, le dijo a su madre que Grayson había empeorado muchísimo con el tiempo, que aún no había superado lo de quedarse solo en casa, si ahora tenía que estar unos meses inmovilizado le daría un infarto, había sido idea de Elena volver a casa, le vendría bien un tiempo con su padre y su tía, por no hablar de que echaba mucho de menos la tranquilidad de una ciudad tan peculiar como era Mystic Falls, ¿y quién lo diría? echaba de menos a ese chico de ojos verdes y cabello castaño que le sonreía entre una mezcla de felicidad y de sueño.

Elena, en realidad quería hablar para decirte un par de cosas —la chica asintió vacilante, no esperaba para nada que el chico tomara un tono tan serio, como si quisiera decirle algo que no le iba a gustar pero no podía evitarlo—, ¿te acuerdas de las peleas que había entre el A y el B?

—¿Perdón?

Cuando estábamos en el colegio, antes de empezar la secundaria. Las peleas entre las dos clases.

Sí, sí que lo recordaba pero no con claridad. Tampoco había que darle mucha importancia, era algo natural que entre dos clases hubiese diferencias, recordaba con añoranza los juegos de competición que se hacían para enfrentar a las clases, era divertido y excitante, pero ahí quedaba la cosa, no entendía a qué venía eso.

¿Sabes en qué clase has caído?

—¿En el instituto? Pues no lo sé, Jenna le dijo a mi madre que se encargaba ella de averiguarlo todo, mi padre solo tiene que firmar.

Elena, piensa, es importante, necesito que caigas en la clase A.

—Stefan, no estamos en el colegio —el chico se quitó de donde estaba moviendo también el ordenador, la imagen se distorsionó un poco pero solo fue unos segundos, cuando recuperó la normalidad Elena se dio cuenta que Stefan se había cambiado de sitio, parecía que estaba sentado en una silla, ¿su escritorio?

No puedes caer en el pasillo B, mira, el instituto del pueblo tiene tres plantas, la primera pertenece a los profesores y al material, ya sabes como va la cosa —le explicó por encima sin darle mucha importancia—. Los dos pisos siguientes pertenecen a las clases A y B, desde el primer curso hasta el último está distribuido en esos dos pasillos, tiene que tocarte el A, hablo en serio.

Quiso reír, a carcajadas pero se contuvo, Stefan parecía tomárselo muy en serio.

—Stefan, te lo repito, da igual donde caiga, no puede ser que incluso en último curso se siga la tradición de que los del A no pueden tener migas con los del B, ¡es una tontería!

El chico se llevó las manos a la cabeza y miró a su espalda como si hubiese escuchado un ruido detrás de la puerta, pero enseguida se concentró en su amiga.

Estoy en el A, quiero que estés en el A, ya está, no más explicación.

—Stefan, ¡que no pasa nada, cojines!

—"Cojines"

—Mi madre prefiere que diga eso a cojones, no preguntes. Es mejor que no lo hagas.

Hazme caso, esto no es una escuela normal, vivimos en un pueblo pequeño, todos los adolescentes estamos enfrentados, ¡no debes caer en el B! ¡Sabrán que eres algo mío! —pegó un golpe en el escritorio y hundió el rostro entre sus manos, Elena estuvo tentada de mandarlo a la mierda, ¿que era algo suyo? ¡una mierda! pero le dio pena, verle así, tan frágil y roto, no entendía qué mal había en que cayesen en clases diferentes, ¿tan mal no podían llevarse los de una clase y otra, verdad?

— Vale, Stef, llamaré a mi tía a primera hora de la mañana (Virginia) y le diré expresamente que me meta en el A, ¡pero me debes una! otro día me tienes que explicar con pelos y señales que mierda pasa en ese instituto, ¡tan mal no podéis llevaros!

Stefan dibujó una mueca de disgusto, no solo se llevaban mal, era mucho peor cuando estabas allí en medio y lo veías con tus propios ojos, pero estaba demasiado cansado, física y mentalmente hablando, como para pasarse un rato más explicando algo, que los del exterior, no entenderían sin vivirlo en sus carnes.

Continuaron charlando de cosas normales como la última película que habían ido a ver al cine, de lo que harían cuando se volviesen a ver, de las novedades y de alguna anécdota de Elena en Londres, e incluso Stefan se atrevió a bromear con el acento de Elena, ¡que era totalmente inglés!

Pero al final el sueño venció a Stefan que tuvo que despedirse con bastante dificultad pues los párpados le pesaban demasiado, la chica le mandó besos durante un buen rato más siendo ella la que rompiese la conexión.

Elena se quedó mirando el techo de la que había sido su habitación en cinco años y se permitió derrumbarse, porque aunque le había dicho a su madre cientos de veces que estaba bien con viajar al que fue su hogar, no lo estaba en absoluto, porque para ella Virginia era un territorio hostil y Mystic Falls, simplemente algo extraño y novedoso, no dejaba de hacerse las mismas preguntas constantemente, ¿seguiría todo igual? ¿seguirán sus antiguos amigos siendo tan buenos como en el pasado o la pubertad los habría convertido en gente sin corazón? no dejaba de preguntarse lo mismo una y otra vez, con el tiempo había convertido ese pueblo en un lugar de sus sueños donde nada malo podría pasar, pero, ¿y ahora? iba a vivir allí su último año de instituto, ¿cuán real podría ser?

Esa misma mañana llamó a Jenna varias veces pero en todas ellas saltó el contestador, no le dio mucha importancia, ¿qué probabilidad había de que hubiese echado la matrícula sin decirle nada de las optativas y demás?

—¡Mamá! —bajó las escaleras de dos en dos. Miranda, su madre, era una mujer de cuarenta y dos años, hermosa con un cabello castaño dos tonos más oscuro que el suyo propio y unos ojos tan perfectos que podrían pasar por lentillas perfectamente, la mujer le sonrió y le hizo un gesto con el dedo para que esperase, ya que estaba hablando por teléfono.

En menos de una semana ya estaría en su antigua casa, yendo al instituto y enfrentándose a un nuevo mundo pero por lo menos tendría a Stefan de su lado, sonrió como una boba, si echaba de menos a su amigo, el que una vez fue su primer amor, en esa época eran muy niños, sólo tenían diez años, pero para ella lo que sentía por Stefan era amor verdadero, como el de los cuentos de hadas, quién sabe, quizá el destino los volvía a unir de esa forma.

—¡Elena! —su madre le chasqueó los dedos ante sus narices y Elena le miró extrañada saliendo de sus pensamientos donde se quedaba encerrada más de lo normal últimamente—. ¿De qué querías hablar?

Le contó lo que Stefan le pidió hace un par de horas y de cómo lo hizo, como si estuviese asustado de que ella cayese en el pasillo B, en vez del A, donde estaba Stefan y sus amigos, Miranda no dijo nada en ningún momento solo le prometió que intentaría contactar con Grayson para ver si sabía algo de la matrícula, Elena se lo agradeció en silencio y salió de la vista de su madre antes de que la tomase por loca, porque había que estar muy loco para darle importancia a riñas del colegio, la división entre el A y el B tendría que haber acabado en párvulos, no haber continuado hasta la actualidad.

Esa misma noche habló con su tía por Skype.

Lo siento, Elena, me intentaré llegar al instituto mañana, lo lamento de verdad pero le llevé a tu padre los papeles ayer por la tarde. Los firmó y hoy los he entregado—sonaba sincera y Elena lo entendía, no dependía de Jenna nada de eso, bastante era lo que había hecho por ella—. Pero estoy segura que marqué la casilla de las aulas B.

—No pasa nada, tía. ¡Stefan quería que estuviésemos juntos! pero compartiremos alguna clase o quizá los almuerzos, ¡no pasa nada!

De verdad que lo siento muchísimo —miró su reloj de mano— ¡Son las seis, tengo que irme! ¡Te quiero muchísimo! Nos vemos.

Elena cerró su laptop y miró por la ventana, otro día nublado en Londres, cerró los ojos y el olor a pizza recién hecha inundó sus fosas nasales, el pedido había llegado ya. Soltó el ordenador y bajó las escaleras a toda prisa con un único pensamiento en mente, ¿qué mal había que no compartieran el mismo pasillo?

Stefan llegó a casa a eso de las siete y media, la reunión de su grupo había ido perfectamente, comenzarán las clases en unos días y todo debía estar listo para cuando llegase Elena, la aceptarían como a una más. Sintiéndose más ligero soltó sus cosas en la entrada y se quitó los zapatos, desde la muerte de su padre, la casa estaba completamente vacía, a excepción de él, pero hoy había algo raro en el ambiente, como una presencia más, frunció el ceño y dio un par de pasos vacilantes, el olor a Bourbon inundó sus cavidades nasales y frunció el ceño, cualquier día le saldrían arrugas por repetir ese gesto tan a menudo pero hoy le daba igual, ya se echaría una crema después.

La chaqueta de cuero que estaba en el respaldo del sofá le confirmó lo que más temía, todo lo que quedaba de alegría en el cuerpo de Stefan se disipó y fue sustituído por un miedo atroz.

—Hola, hermanito.

Su hermano estaba sentado al lado del minibar, sostenía una botella de Bourbon recién abierta, se incorporó con una gracia envidiable, como si fuese un bailarín, su cabello negro estaba totalmente desordenado, llevaba una camiseta del mismo tono que su cabello y unos vaqueros ajustados, el vestuario terminaba con unas botas militares del mismo color, ahí, tal y como estaba, sonriéndole parecía un ángel caído, un demonio que se había escapado del inframundo para hacerle la vida imposible.

—¿No vas a saludarme? —soltó la botella en el suelo, rompiéndose y derramando el líquido dorado por la alfombra favorita de su difunto padre, Damon se llevó ambas manos a la boca— ¡Huy! ¡Culpa mía!

—¿Qué estás haciendo aquí?

El chico seguía mirando el suelo, como el alcohol se extendía dejando una marca bastante difícil de borrar, parecía que se sentía culpable pero lo que en realidad hacía era reírse de Stefan.

— Te he hecho una pregunta —y por fin consiguió que su hermano reaccionase, apartó la mirada del suelo y clavó sus ojos aules fríos como el hielo en él, casi sintió una fuerza invisible empujándolo.

—Stef, solo he venido a saludar —comentó con voz cantarina acercándose peligrosamente, parecía un niño pequeño, tal y como hablaba y actuaba parecía tener unos diez años, pero su forma de andar, su manera de mirarle, parecía que sus intenciones eran matarlo, y quizá no iba mal encaminado—. Dentro de unos días volveremos a ser enemigos acérrimos, ¡el último curso, Edward! ¡Yupii!

Stefan rodó los ojos, pero fue ese movimiento lo que le costó su ventaja, pues cuando abrió de nuevo los ojos, tenía a su hermano pegado a su cuerpo, agarrándolo de las solapas de la camiseta.

—¿Dónde están tus conejitos para protegerte? ¿eh? ¿¡dónde están!?

—No los llames así.

—¿¡Y cómo pretendes que llame a la panda de inútiles que forma tu banda, Stef? ¡Sois patéticos! Te daré una última oportunidad, únete a los del B, si estás en nuestra clase será más fácil que te acepten, aunque no lo creas quiero protegerte.

—Tú estás mal de la cabeza, ¡suéltame!

—Stefan, eres mi hermano y te he dado una oportunidad.

El rubio clavó sus ojos verdes en los de su hermano, sus palabras parecían sinceras pero sus ojos azules eran tan fríos e ilegibles que no se fiaba ni un pelo de sus intenciones, no iba a abandonar a sus amigos, no cuando este año debían elegir a un nuevo líder, Silas había entrado en la universidad delegando su poder en su sucesor, Stefan no podía dejarlos tirados, no cuando él era el líder.

—Soy el futuro líder de la banda —eso fue un golpe bajo para el ojiazul que lo soltó sin dudarlo, parecía que había visto un fantasma—. Y me imagino que tu eres el líder de los caídos.

El ojiazul rió, una risa falsa.

—Entonces, esto es la guerra, el último año, ¿quién ganará?

—¿Quieres guerra? Por supuesto que quieres que lleguemos a las manos, no vas a tocar a ninguno de los nuevos, ¿recuerdas?

—¿Tus nuevos conejitos? No gracias, siempre y cuando les dejéis claro las reglas.

—Lo mismo te digo.

El ojiazul se mordió el labio inferior y con una sonrisa socarrona se dirigió hasta el sofá y tomó su chaqueta, Stefan rezaba internamente porque no hubiese ningún enfrentamiento más, no tenía fuerzas para soportarlo.

El ojiazul estaba a punto de salir por la puerta cuando se paró en seco y lo miró fijamente, esta vez ya no había rastro de broma en sus siguientes palabras.

—Te prometo Stefan, que haré de este curso tu propio infierno.

Stefan cayó rendido contra el sofá, su teléfono vibró con una nueva notificación, era un correo de Elena, lo abrió y lo leyó por encima.

"... no he podido hacer nada, he caído en el B"

continuará...